sábado, 14 de diciembre de 2013

Existencial

 El ser innombrable. Lo pienso, lo disfruto. Por él mi sentimiento era tan profundo que afortunadamente opacó el recuerdo de las demas cosas que ma pasaban en aquel entonces.

Este ser innombrable, un día me llevó a un lugar asqueroso. Al menos no llovía y nos sentíamos felices por dentro. Hubiese preferido un ambiente natural, en Santo siempre hay desérticas ruinas naturales donde recostarse a hacer el amor, completamente alejadas del gentío y cubierta por cercas y paredones inmensos. Mientras estábamos en ese repugnante lugar imaginaba que poníamos un colchón delgado en el suelo de mi habitación y hacíamos el amor frente a la gran ventana abierta, al cuarto llegaría la corriente y olores del río. Yo fantaseaba contra mí voluntad, fantaseaba sobre la criatura, y después, cuando yacíamos recostados y abrazados en la cama pesada y desconocida de su casa, durante esos silencios profundos recordaba aún más al ser innombrable, y todos esos recuerdos a veces eran cómplices de mi estado interior: un amor y un existencialismo incomprensibles. Luego me emocioné. Todas esas fantasías y emociones mías eran a veces como oleadas imprevisibles e incontrolables y bastante molestas y que llegado a algún punto las debía esconder como aquel que comete un delito y anda espectante.
Luego volví a besar a aquel ser innombrable, como si lo conociera de toda la vida, como si nos seguiríamos conociendo durante toda la vida, y como si nunca hubiese amado con tanta intensidad; y me detenía –quizás absorbía- aún más aquel existencialismo de diciembre.


 A partir de nuestra separación, el presente comenzó a aparecer muchísimo más rápido y yo comencé a inquietarme. Durante un largo tiempo lo más valioso que supe hacer fue tratar de perderme en los lugares con personas que poco conocía y frecuentaba y con los personajes que escribía, experimentando una ficticia empatía, burlas, vacío, charlas cortas, cenas intensas, mentiras, calor de verano, y yo allí intentando olvidar al ser innombrable. Esa época fue un decir, un  error, un mal en mis tiempos. El ser innombrale aparecía por la noche, mas precisamente en la caída de la noche, y yo notaba cómo la pasión que contenía a lo alto y lo ancho de mi frágil cuerpo se adhería al existencialismo. Era diciembre, por momentos yo pensaba que cualquier día mi corazón saldría de mi pecho y yo sería capas de ver tal fenomeno, pero los teatros que yo montaba, con aquellos perdedores, con esos personajes que nunca daban al éxito, y con toda esa vida asquerosa de diciembre que eran tan ilusoria como frágil.. Y unos meses más tarde también se terminaron.

Nos endurecimos poco a poco. No por egocentrismo, quizás por falta de fuerzas de voluntad nunca pudimos decirnos nada, Pablo también con mal de amores. Lo único que dejó fue su cuarto tal como estaba, y se marchó. Yo ocupé ese lugar cuando él se fue y seguí un noviazgo sumamente patético y lento con Claudio, y viajaba de vez en cuando para ver a mis padres, el viaje duraba poco, parecía un trance liviano, más que liviano, vacío. Todos en ese tiempo la pasabamos un poco mal hasta diría que hubièramos querido dejar de vivir..

Todo ello era nuevo para mí, el ser innombrable y mis viejos, los recuerdos secretos a un lado estático de mi vida, el nuevo Santo, mis antiguos amigos, yo me inquietaba por las pocas lluvias de la época, y como no llovía esa humedad se hacía no solo soportable sino también hermosa, nos ibamos entregando como un preso a su condena irremediable entre los visillos de nuestra nueva vida, mi corazón seguía golpeando por el ser innombrale y a veces quería salir, de a ratos volvía a tener la fantasía de ver salir tal fenómeno desprendido de mi cuerpo y al rato mis palpitaciones se calmaban. Hablar del asunto con el ser innombrable para tranquilizarme no tendría éxito, no tendría nada que decir. Yo era una fantasía para él y él era la mía. Debíamos vivir en ese mundo de entendernos con sensaciones y no con palabras. Nosotros no nos comunicabamos, nos metacomunicabamos. 
Ahí estábamos, todos casi perdidos, no hablabamos, si hablabamos seguro no nos entendíamos. En un pueblo sensato, casi atrapados y con muy poco que contar. No sé si hubo un momento en particular, pero cerca de marzo cuando el verano terminó, creo que todos empezamos una vida nueva, sin reproches, sin preámbulos, sin quejas, sin amor. Como quien sigue con aquella condena a cuestas, sin relatos de historias complicadas – aunque de vez en cuando, como todo neurótico- a alguien le encantaba que escucháramos las suyas.






- Believe.


lunes, 2 de diciembre de 2013

Colinas de Eternidad


"Esa experiencia estética... cuando el poeta concibe la obra, y va descubriendo e inventando la obra, aquí las palabras inventar y descubrir son sinónimas, porque desde la doctrina platónica, inventar es recordar, y luego Francis Bacon agregaría que 'ignorar es haber olvidado'. Es decir, que ya todo está hecho, solo tenemos que verlo."



Luego te vi. Y me sonreí por dentro. Luego te creé en mi memoria, para retenerte más que en esas pocas dos horas.
Y te encontré infinito, -aún espero mi infinitud en correspondencia-

Sí, todo preexiste, está escondido, y preexistiéndonos todo el tiempo, nosotros nos enredamos y nos desenredamos.

Pero yo sí te vi. Y me sonreí por dentro. Y te encontré, yo tenía sueño y vos te presentaste en una enorme colina de eternidad. Y luego tuve el placer, "ese placer que tiene el artista de entenderse con su creación". 






- Creación de encanto, soy una endeble mortal frente a tu sombra infinita.


martes, 12 de noviembre de 2013

Descanso

Te recorro
En mi descanso de naturaleza muerta,
Cada detalle de tu brillante figura,
que sube, baja y flota.
Te recorro,
Con un encanto súbito,
En un día inmortal de locura.

Te recorro
Con un latido agónico 
Cada detalle de tu brillante figura,
Que sube, baja y flota.
Amor, mi deleite, fuerza y suspiro.
Te recorro,
cada detalle de tu brillante figura,
Que se envuelve a mi incomprensible y profundo deseo.
 Te recorro,
En mi descanso de naturaleza muerta.
En aquel último día inmortal de locura.




- "Solo debían navegar un momento."


domingo, 3 de noviembre de 2013

Visita

Sonrío,
con tu presencia,
que indómita y lejana,
a través de estos versos
va y viene.

Sonrío,
porque todo brilla
así el recuerdo,
el tiempo, tu voz,
mi sangre, la noche,
tu figura, la marca,
el verso, la vida.
sonrío,
Porque así es cuando visitas.




lunes, 28 de octubre de 2013

Porque

Cuando comenzó a amanecer, allí los dos inertes y embotados, dos gritos mudos, ya habíamos olvidado los paseos por la ciudad, la arquitectura dormida, el correr bajo la lluvia, pero no habíamos dejado de pensar en esta historia instante alguno, y cuando finalmente iba a pronunciarle todo aquello que siempre golpeó fuertemente por salir, para acercarme le pedí permiso, acaricié largo rato su cabello, y pensé aquel relato inabarcable, me arrimé con cautela para hablarle porque siempre me sentí incapaz de levantarle la voz. Y cuando estuve tan cerca, casi por pronunciarle todo aquello, justo cuando comenzaba a amanecer, él se sonreía. Yo sonreí también, porque él ignoraba que estaba en el foco de mi tormenta. Y resigné una vez más a romper nuestro silencio. Y él me miraba, y a través de esto él sabía de mi existencia, tan incompleta y con tan poco detalle por no pronunciarle, y al mirarlo mirarme se apoderaban de mi aquellas palabras, pero decidía callarme, porque no habían verbos, porque éramos silencio. Y dentro de mí seguía golpeando un relato por salir. 

Porque él sonreía, y mientras tanto a mí la tristeza me corrompía. Porque era incapaz de pronunciarle, y el relato se iba sepultando lentamente, porque así le cuidaba mientras éramos siendo, y seguíamos siendo silencio frágil e impronunciable, y aún así cada vez lo quería más. Porque su ser era templanza, y su seguridad avidez, porque luego de tantas horas componiendo el silencio solo contemplábamos el profundo misterio de la vida misma. Porque la vida era desbordante y de esta manera pesaba, es decir, tenerlo mientras no estaba, porque su coraza  era tan impenetrable que no dejaba siquiera abrir la boca.  Me marché poco menos que corriendo por la calle, porque éramos melancolía, y él sonreía. Porque pensé que si usara un poco de agresividad hubiese querido terminar con mi vida en ese mismo instante, porque no hubieron verbos para nombrar. Porque su fragilidad me volvía incapaz siquiera de levantar la voz, y huí, porque éramos levedad y él sonreía, porque yo sentía que moría sin morir, y por no morir elegí no tenerlo, porque de lejos me corrompía poco menos, y no volví jamás, porque lo ignorábamos todo, y nos sentíamos nada, porque fuimos, y hasta la náusea, pero sólo cuando supimos que por imprudencia y por cobardía, por fragilidad y por amor, nunca llegaríamos a sacarnos el corazón.


- Nos enredamos en nuestra fragilidad, sin habernos dicho adiós nos hubiéramos roto.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Respiro



Y si llegase a pisar ese suelo? De repente todos mis volubles intereses navegaban en esa torrencial, imprudente y perturbadora idea. Me repetía sin querer, pisar su suelo… Nublaba mi mente con esas imagenes. Adentro, me golpeaba silenciosamente ese tan anhelado suelo. Él era una ráfaga de inspiración que duraba muchísimo. Ambos teníamos esa cuota de agresividad que es necesaria para la vida, pero lo cierto es que la ocuparíamos en otras situaciones, nosotros, nos  tratábamos  con toda la suavidad que cabía en este mundo.

La noche había terminado, ahora salía el sol y había que descansar en algún lugar, cuando me lo ofreció ya tenía pensada la respuesta, le dije que sí. Caminamos bajo esa concentración de sabernos con el otro en la distancia, y en ese momento dudé por un instante de la veracidad de la vida. Qué sería lo real en todo esto. Hubo un destello en mi interior, me adormecí. Estaba con el corazón en la plenitud de la espera, al lado del ser que había desviado mi vida de su camino, ahora nos conducíamos hacia su casa, cuidadosamente y en silencio, como aquel que se conduce hacia algo inevitable y soportando toda la pena o la dicha sobre todo su ser. Así marchábamos. Esa mañana mientras caminábamos en silencio, hacia las seis y media mientras el sol nacía, me entregué al total destino de su entera providencia.  No podía sostener por mucho más tiempo nuestro juego, con la misma prudencia, integridad y serenidad suyas, el juego de tocarnos al alma sin decirnos nada, mirarnos sin poder sonreir, besarnos sin consumirnos por completo.  Por cada parcela de mi ser intentaban salir las sensaciones con detalles y nombres que este ser me generaba, y que en algun momento habré entendido que debía esconderlas para siempre.  La entereza y la templanza era su propio juego limpio, yo respiraba eso, él era terreno fértil para la desesperación que me empezaría a brotar en cualquier momento, pero nunca desistimos, la tarea del varón, porque su templanza era aliento. Y yo lo volvía a respirar.

Sin embargo, hubo un momento en paralelo con esta realidad de acontecimientos realmente sensibles, que acompañaron a nuestros movimientos mundanos, mientras nos conducíamos hacia su casa: caminábamos de esa entregada e inevitable forma, él tomó mi mano una vez más, el sol se ponía, la noche desaparecía dándonos la impresión de que nunca fue de noche, sabíamos que nos conducíamos a ese lugar pero en esa hipnosis no llegábamos nunca, su mano se acomodaba de tal manera a la mía, que sentí como si a través de las pasiones y los escalofríos que sentía con solo atravesar su mano, cuántos destellos interiores nos tomarían investigar el misterio de nuestros propios cuerpos, en su totalidad y hasta consumirnos por completo.
Finalmente me hallaba en su hogar, pisaba su suelo, y nos encontrábamos en todos los objetos que le pertenecían y le conformaban, esas significaciones suyas que también yo terminé por amar y su ser convertido en espacios de materia y tiempos, lleno de templanza empezaron a desprenderse sobre nosotros con toda la profundidad que teníamos para dar, nos apretamos al pecho, enterré mi rostro en su hombro, y nos contemplamos por primera vez en aquel juego abierto impostergable, y aunque hubiese querido desesperarme para consumirnos por completo, lo cierto es que nosotros nos tratábamos con toda la suavidad que cabía en este mundo. Y nos repetíamos una y otra vez, como si no lo supieramos. El ser que desvió mi vida de su camino, con toda la suavidad, ahora se eriza y vuelve a respirar.




-  Repetirte.

domingo, 13 de octubre de 2013

Museo


Sí, de haber sabido que ese era el momento más feliz de mi vida habría podido proteger toda nuestra felicidad.
Pero no lo sabía. El 16 de Noviembre celebramos el día de cumpleaños de Gabriel, la fiesta en la gran casa del Líbano se desprendió con todo el artificio y las grandes luces del lugar a cercanías del río, que aún sesenta años después de su construcción aún permanecía intacta e inocente. Sobre la mesa de entrada permanecían inquietos los portarretratos familiares de los Blanch, y figuras de viajes y recuerdos de esa familia de extraños y paganos, antes de la muerte de Norberto, el padre, y en medio de ese lugar lleno de vida y recuerdos y nostalgias, miré largo rato a los portarretratos, las paredes y los objetos antiguos que portaba, tomé los adornos frágiles que una repisa frente a mi los portaba, los di vueltas con la mano, me llegaron rememoraciones y con éstas la enorme sensación de querer perecer en ese lugar del mundo donde había encontrado vida y finitud en un mismo momento de forma instantánea, sentí una gran inocencia, por esos objetos, por los Blanch, por nosotros y por todo este mundo en su totalidad, de pronto ese lugar lleno de recuerdos se envolvió a mi corazón, la nostalgia se convirtió, desde ese momento, parte de mi vida, solté lágrimas sin querer y en ese mismo momento de inspiración y vitalidad, vi a Gabriel entrar por la puerta, con su camisa blanca, cabellos sobre el hombro, y con una sonrisa enormemente hermosa y difícil de exponer. Desde ese momento he decidido crear el museo de nuestra historia, el museo de la inocencia.

El calor acompañó a la noche, a la música y a la bienvenida a todos los invitados y amigos de nuestra familia; ya cerca de medianoche estábamos con el alma embotada y el corazón loco, un poco embriagados a causa del alcohol, ya nuestras emociones se habían agigantado, cada vez que nos mirábamos con inercia, nos veíamos con correspondencia, como se quieren mirar los enamorados que se tienen muy lejos, nos deteníamos en ese juego de miradas y sonrisas y sin querer nos volvíamos a mirar una y otra vez. No recuerdo los motivos y temas de nuestras conversaciones, todo era tan pasajero, aleatorio e inocentemente desprevenido, lo que nos convocó siempre fueron nuestras mismas intenciones y nuestro mismo juego de acariciarnos con la apariencia, con la libertad de encontrarnos en frases y miradas, y seguíamos bebiendo del vaso como si bebiéramos de nuestra propia emoción, y nos seguíamos alimentando de ese momento, del cumpleaños de Gabriel, lleno de luces, miradas, música de paganos, calor y recuerdos. Esa noche en el Líbano todo brilló, a pesar de todos mis intentos que con toda mi mala intención quise acercarme a él, y aborrecerme de su cercanía, olores, respiración y movimientos que se vuelvan míos, las horas y el día pasó tan rápido y luego pensé, que era en la espera, donde cabía toda expectativa e ilusión, desde ese momento quise que me buscara siempre pero que no me encontrara, perderme en la espera y que nuestra ilusión siguiera aumentando.

Se que esa colección de objetos, recuerdos, sensaciones, incluso la forma de vida que nos acompañó todos esos años están fuertemente consolidadas y aún traen brisas de esperanza y vitalidad, pero también se convirtieron en un obstáculo para algún romance ulterior. El museo de nuestra integridad, el brillo que simbolizaba nuestra felicidad, y aquella hipnosis y desconcierto de no recordar exactamente los motivos de nuestras charlas, o las horas del día, creaban el bagaje emocional que aún hoy vuelve para abrigar la ausencia, y a veces reducen el dolor de haber desperdiciado toda la dicha y la felicidad que nuestro museo nos habría encomendado para entenderlo, apreciarlo y absorberlo, con la inocencia necesaria, y con la fuerza suficiente para rompernos el corazón, ahora había que eternizarlo en algún lugar y el Museo nacía para todo ello.

 
 

- En nuestros objetos aún seguimos siendo.


viernes, 11 de octubre de 2013

Eterno

Algún tiempo atrás, cuando vi a Gabriel por primera vez, me sentí golpeada por todo su ser, y entendí que era un regalo para mi, y que debía entenderlo, apreciarlo y absorberlo de alguna manera.
Hoy, él se convirtió en frágiles recuerdos que me despiertan entre sueño y vigilia, una hipnosis de confusión acerca de las horas y los momentos aparecen como señuelos para que recuerde, y me pregunte, y me detenga en los ruidos de las ventanas secas, el calor estancado y el sabor de la humedad. Si habría sabido que ése era el momento más feliz de mi vida habría podido proteger dicha felicidad? 

Entretanto, hoy ya completamente entregada a la melancolía de mi vida, estoy segura que nunca he podido olvidar por completo esos momentos, pasé las tardes esperando que oscurezca, y que a merced de esta clase de obsesión que cuanto más trataba de evadir más fuerza cobraba, creo haber hecho gran esfuerzo por no perderme  allí dentro, este era el momento en que mi alma atormentaba mi mente y ya no existía tal hipnosis, que me embotaba dentro del dulce recuerdo, sino un gran dolor y una pesada noche que se hacía incontrolable, de pronto necesitaba sacar al menos su mirada de mi mente por un momento, y esperar que las canciones que nos habían acompañado despertaran el mundo material que estaba tan dormido como mi cuerpo, para marcharme a andar por ahí.
Esta realidad mantenía un grado elevado de lealtad y profundidad en mi, de la que no podía desprenderme a pesar de mis intentos, pero donde yacía toda fuerza de voluntad que un ser puede poseer, ahora la habitación en la que habitaba no tenía nada que ver con aquella ciudad poética donde vivimos, llena de naturaleza y fragilidad, que a pesar de ello la aceptaba apaciblemente y dejaba que toda la pena me arrastrara a fin de que terminara lo antes posible, de pronto todo ese recuerdo se abrazaba a mi vida y una miseria dolorosa en cuanto a la soledad nombraba su presente ausencia. Cuánta sinceridad cabía dentro de la hipnosis, de ese embotamiento que traía recuerdos, formas y figuras, yo estaba aplastada contra el calor de las almohadas, anochecía, entre sueños me despertaba recordando la solitaria calle de nuestro Libano, el ruido de alguna sirena esparciéndose por el ancho de la calle y algún ladrido de algún perro, mi cuerpo dormía pero mi mente estaba absorta en esos tiempos donde sentíamos que las horas no pasaban en nuestros relojes. Él callaba en el recuerdo, de a momentos me miraba con nostalgia, y yo sentía ganas de llorar, y no nos decíamos nada, qué nos ibamos a decir? Esa hipnosis no permitía ni siquiera abrir la boca.

Me desperté de esa aplastante situación y me conduje al hotel del Libano, no dudé en entrar, de pronto empecé a sentirme tan enferma como lo estuvo Gabriel la última vez que nos vimos frente a frente. Recostada en esa amplia habitación, que mantenía distribuidos sus objetos de la misma forma tanto tiempo despues, pude recordar aún más: entrábamos en la mañana lluviosa, él enfermo y yo disimuladamente rendida ante él había pensado que nadie me habría podido querer tanto como él, seguimos escaleras arriba hacia la habitación y los brazos de Gabriel hervían, en ese momento sentí una profunda pena por él, por su enfermedad, y por todo su ser, nos recostamos en medio de esa habitacion alta y desordenada, y pensé que luego la hipnosis latente, el mareo, la comodidad y el escaneo del ser nos encontrarían dormidos y unidos en esa confusion vital del ser, y las heridas irían sanando, pero  contrariamente fue un momento realmente triste, habíamos permanecido abrazados en la claridad de ese lugar, él respiraba aceleradamente y callaba con sollozos, su boca estaba seca, había armonía entre nosotros y yo me abrazaba a su febril rostro, corazón y brazos, y sufría, sentía como si una herida se estuviese abriendo a lo largo de todo mi cuerpo, él y su enfermedad venían a mí, y yo más lo quería, abrazados en aquel calor, encadenados sentía que su cuerpo era peso muerto, mi alma estaba desesperada por él, me fundí dentro de esa habitación y en la eternidad latente que la vida nos traía, nos olvidamos del mundo, de su enfermedad, nos desligamos de la gravedad, y nos tocamos con fiebre, ese día quise tanto por última vez a Gabriel. 
Afortunadamente nunca pude lograr recordar nuestra despedida, ni cuando regresé hacia casa, ése fue nuestro último encuentro y fue allí, en esa fébril habitación donde terminó nuestra unión, metida dentro de una eterna hipnosis latente que va y viene en el recuerdo, y cuando aparece aún nos figura como ser unido, a través de la fiebre y la pasión, con la promesa de un amor para dos, en la confusión de las horas del día, y bajo la gran sospecha de nuestra despiadada finitud, que nos encontró desprevenidos tres meses después.




                                   
-Si habría sabido que ése era el momento más feliz de mi vida habría podido proteger dicha felicidad?

 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Verano Indio

En un verano indio nos conocimos,
nos consumimos,
nos iluminamos,
nos esperámos,
nos vimos y nos volvimos a consumir.
El verano indio ahora duerme.
El descanso sigue trayendo olas y mareas.




- Si un hombre pudiera cruzar las puertas del Paraíso en un sueño y le presentaran una flor como prenda de que su alma ha estado allí realmente, y se encon­trara con que tiene la flor en la mano cuando despierta... Sí, entonces, ¿qué?
Samuel Taylor.