lunes, 11 de agosto de 2014

Wishing Well


Gimo de frustración, y suspiro, cuando a él lo recuerdo de esa manera, en la antesala de ese día. Eterno. El grito del silencio zozobró en un latido agónico adentro de nuestras venas, hasta desaparecer, y yo, como si me estuviera ahogando en su hermosa desesperación, y en la mía, intentaba socavar cada rincón suyo. Ahora recuerdo aquel preludio febril y sensato, la prolijidad de sus mareas, la oleada azul que se me hinchó sobe el pecho, la antesala laboriosa y delicada de nuestro desatarnos, y para soportarlo todo esto me abandono al recuerdo, como si estuviera vencida por él, y cuánto más crece aquel mismo silencio y aquella misma fragilidad, más inensato, fragil e  imprudente se vuelve mi torpe deseo.





El paraíso trae efectos secundarios.

lunes, 23 de junio de 2014

Mármol



Ahi estaba él, pacientemente hermoso, distraídamente hermoso, desconociendo que portaba tal característica. De eso se trataba todo su ser, de la inocencia que portaba su belleza. De la ingenuidad atormentadora que él provocaba. De haber hecho consciente esa característica, ni él ni yo nos hubieramos enamorado.
Nuevamente, en medio de ese juego de verlo expresarse, a mí el infierno me gritaba su concejo: Él era y yo ardía. Cambiamos de imágenes mutuamente, muchas veces, y en ese tiempo, colorido tiempo, también fuimos parte de un arte convocado que nos hundió. Y el infierno en alturas o profundidades seguía gritando su concejo.
Nuestra relación tuvo siempre la premisa de actulizarse. Es decir, nosotros nunca nos tuvimos. Nosotros nos imaginábamos. Y en este imaginarnos diariamente en el recuerdo nos permitíamos actualizarnos por cada vez que circunstancialmente nos veíamos. Yo reconstruía nuestros encuentros por cada vez que nos mirabamos, y eso a veces era suficiente.
Pero después, las noches fugaces con alcohol me esperaron en ese soltero verano tras nuestra separación, y desde luego que fue difícil ordenar a los pensamientos cuando el sistema límbico entra en su salsa, habría sido un logro coordinar, pero él permació siempre bajo ese traje tan pacientemente hermoso que tan bien le quedaba, que en verdad nos fue dificil coordinar.
Y muy pronto eso ya no nos fue suficiente. A mi todo eso me parecía una pena, que él estuviese inundado de quietud, que yo estuviera rodeada de narcóticos para atontar mi pensar. Pero aún más no digo nada, porque por usted...  yo callo mi boca.

Seré breve: Las cataratas de la noche se rompían, la mente brillaba por el infierno consumador que la poseía. Mi ser dependía de la noche, durante el día era sombra. Él y su ingenua forma de ser, me poseían por entero, y yo soñaba con sus párpados amarillos, una vez me miraron y yo me inmuté. Yo soñaba con los labios de mármol que tienen las cosas inertes, sin vida, ajenas a todo ser sobre la tierra. Yo soñaba dentro de aquel infierno de verano caliente con aquel cuerpo de mármol inmutado y tan inerte sobre mí, delante de mí, detrás de mí, el único cuerpo que había logrado conocer en profundidad, y en alturas mientras jugabamos a que éramos de mármol, y que pertenecíamos a vidas inertes fuera de la vida. Yo repasaba las tardes hasta que fueran de noche pensando en el chico de mármol, quieto y distraídamente hermoso, y lo actualizaba, una y otra vez, al recuerdo para que no se empañase por si nos fueramos a ver al día siguiente.
Su piel casi dorada pero pálida en la oscuridad había alumbrado nuestros jovenes cuerpos en penumbras y ahora eso en el recuerdo también se transformó en mármol.






sábado, 14 de diciembre de 2013

Existencial

 El ser innombrable. Lo pienso, lo disfruto. Por él mi sentimiento era tan profundo que afortunadamente opacó recuerdos de las demás cosas que me pasaban en aquel entonces.

Si no estuviera hoy buscando tantas explicaciones diría que él fue mi primer amor. Este ser innombrable, un día me llevó a un lugar asqueroso. Al menos no llovía y nos sentíamos felices por dentro. Hubiese preferido un ambiente natural, en Santo siempre hay desérticas ruinas naturales donde recostarse a hacer el amor, completamente alejadas del gentío y cubierta por cercas y paredones inmensos. Mientras estábamos en ese repugnante lugar imaginaba que poníamos un colchón delgado en el suelo de mi habitación y hacíamos el amor frente a la gran ventana abierta, al cuarto llegaría la corriente y olores del río. Yo fantaseaba contra mí voluntad, fantaseaba sobre la criatura, y después, cuando yacíamos recostados y abrazados en la cama pesada y desconocida de su casa, durante esos silencios profundos recordaba aún más al ser innombrable, y todos esos recuerdos a veces eran cómplices de mi estado interior: un amor y un existencialismo incomprensibles. Luego me emocioné. Todas esas fantasías y emociones mías eran a veces como oleadas imprevisibles e incontrolables y bastante molestas y que llegado a algún punto las debía esconder como aquel que comete un delito y anda espectante.
Luego volví a besar a aquel ser innombrable, como si lo conociera de toda la vida, como si nos seguiríamos conociendo durante toda la vida, y como si nunca hubiese amado con tanta intensidad; y me detenía –quizás absorbía- aún más aquel existencialismo de diciembre.


 A partir de nuestra separación, el presente comenzó a aparecer muchísimo más rápido y yo comencé a inquietarme. Durante un largo tiempo lo más valioso que supe hacer fue tratar de perderme en los lugares con personas que poco conocía y frecuentaba y con los personajes que escribía, experimentando una ficticia empatía, burlas, vacío, charlas cortas, cenas intensas, mentiras, calor de verano, y yo allí intentando olvidar al ser innombrable. Esa fue época, un decir, un  error, un mal en el tiempo. El ser innombrale aparecía por la noche, mas precisamente en la caída de la misma, y yo notaba cómo la pasión que contenía a lo alto y lo ancho de mi frágil cuerpo se adhería al nombrado y maldito existencialismo, del que él varias veces había hablado. Era diciembre, por momentos yo pensaba que cualquier día mi corazón saldría de mi pecho y yo sería capas de ver tal fenomeno, pero los teatros que yo montaba, con aquellos perdedores, con esos personajes que nunca daban al éxito, y con toda esa vida asquerosa de diciembre que eran tan ilusoria como frágil.. Y unos meses más tarde también se terminaron.

Nos endurecimos poco a poco. No por egocentrismo, quizás por falta de fuerzas de voluntad nunca pudimos decirnos nada, Pablo también con mal de amores. Lo único que dejó fue su cuarto tal como estaba, y se marchó. Yo ocupé ese lugar cuando él se fue y seguí un noviazgo sumamente patético y lento con Leo, y viajaba de vez en cuando para ver a mis padres, el viaje duraba poco, parecía un trance liviano, más que liviano, vacío. Todos en ese tiempo la pasabamos un poco mal hasta diría que nos parecíamos a la gente que se esfuerza por mejorar, ser mejores personas y no cometer ningun tipo de delitos.

Todo ello era nuevo para mí, el ser innombrable y mis viejos, los recuerdos secretos a un lado estático de mi vida, el nuevo Santo, mis antiguos amigos, yo me inquietaba por las pocas lluvias de la época, y como no llovía esa humedad se hacía no solo soportable sino también hermosa, nos ibamos entregando como un preso a su condena irremediable entre los visillos de nuestra nueva vida, mi corazón seguía golpeando por el ser innombrale y a veces queria salir, de a ratos volvía a tener la fantasía de ver salir tal fenómeno desprendido de mi cuerpo y al rato mis palpitaciones se incineraban. Hablar del asunto con el ser innombrable para tranquilizarme no tendría éxito, no tendría nada que decir. Yo era una fantasía para él y él era la mía. Debíamos vivir en ese mundo de entendernos con sensaciones y no con palabras. Nosotros no nos comunicabamos, nos metacomunicabamos. 
Ahí estábamos, todos casi perdidos, no hablabamos, si hablabamos seguro no nos entendíamos. En un pueblo sensato, casi atrapados y con muy poco que contar. No sé si hubo un momento en particular, pero cerca de marzo cuando el verano terminó, creo que todos empezamos una vida nueva, sin reproches, sin preámbulos, sin quejas, sin amor. Como quien sigue con aquella condena a cuestas, sin relatos de historias complicadas – aunque de vez en cuando, como todo neurótico- a alguien le gustaba  que conozcamos las suyas.






- Believe.


lunes, 2 de diciembre de 2013

Colinas de Eternidad


"Esa experiencia estética... cuando el poeta concibe la obra, y va descubriendo e inventando la obra, aquí las palabras inventar y descubrir son sinónimas, porque desde la doctrina platónica, inventar es recordar, y luego Francis Bacon agregaría que 'ignorar es haber olvidado'. Es decir, que ya todo está hecho, solo tenemos que verlo."



Luego te vi. Y me sonreí por dentro. Luego te creé en mi memoria, para retenerte más que en esas pocas dos horas.
Y te encontré infinito, -aún espero mi infinitud en correspondencia-

Sí, todo preexiste, está escondido, y preexistiéndonos todo el tiempo, nosotros nos enredamos y nos desenredamos.

Pero yo sí te vi. Y me sonreí por dentro. Y te encontré, yo tenía sueño y vos te presentaste en una enorme colina de eternidad. Y luego tuve el placer, "ese placer que tiene el artista de entenderse con su creación". 






- Creación de encanto, soy una endeble mortal frente a tu sombra infinita.


martes, 19 de noviembre de 2013

Voz

Imagino
el nacimiento de tu piel, el final de tu ropa.
Suena el timbre de tu voz,
Beso al final de tu hombro, en el borde de tu ropa.
Te imagino,
Más, sordamente te deseo.
En febril evocación lleno mi deseo sobre tu ropa,
Líneas blancas, pruebo tu fruta,
Voz de tu boca, viento que marea.
Hechicero tácito de mi sangre y prosa,
Tu voz habla a la piel y a la ropa.

Te imagino
Más, sordamente te deseo.
Burbuja de fuego, bozque de ropa, encanto de calor y naufragio.
Tu voz habla a la piel y a la ropa.
Invoco a Calíope
Para que el timbre de tu voz vuelva a sonar esta noche.
Te nombro.





 

martes, 12 de noviembre de 2013

Descanso

Te recorro
En mi descanso de naturaleza muerta,
Cada detalle de tu brillante figura,
que sube, baja y flota.
Te recorro,
Con un encanto súbito,
En un día inmortal de locura.

Te recorro
Con un latido agónico 
Cada detalle de tu brillante figura,
Que sube, baja y flota.
Amor, mi deleite, fuerza y suspiro.
Te recorro,
cada detalle de tu brillante figura,
Que se envuelve a mi incomprensible y profundo deseo.
 Te recorro,
En mi descanso de naturaleza muerta.
En aquel último día inmortal de locura.




- "Solo debían navegar un momento."


domingo, 3 de noviembre de 2013

Visita

Sonrío,
con tu presencia,
que indómita y lejana,
a través de estos versos
va y viene.

Sonrío,
porque todo brilla
así el recuerdo,
el tiempo, tu voz,
mi sangre, la noche,
tu figura, la marca,
el verso, la vida.
sonrío,
Porque así es cuando visitas.




lunes, 28 de octubre de 2013

Porque

Cuando comenzó a amanecer, allí los dos inertes y embotados, dos gritos mudos, ya habíamos olvidado los paseos por la ciudad, la arquitectura dormida, el correr bajo la lluvia, pero no habíamos dejado de pensar en esta historia instante alguno, y cuando finalmente iba a pronunciarle todo aquello que siempre golpeó fuertemente por salir, para acercarme le pedí permiso, acaricié largo rato su cabello, y pensé aquel relato inabarcable, me arrimé con cautela para hablarle porque siempre me sentí incapaz de levantarle la voz. Y cuando estuve tan cerca, casi por pronunciarle todo aquello, justo cuando comenzaba a amanecer, él se sonreía. Yo sonreí también, porque él ignoraba que estaba en el foco de mi tormenta. Y resigné una vez más a romper nuestro silencio. Y él me miraba, y a través de esto él sabía de mi existencia, tan incompleta y con tan poco detalle por no pronunciarle, y al mirarlo mirarme se apoderaban de mi aquellas palabras, pero decidía callarme, porque no habían verbos, porque éramos silencio. Y dentro de mí seguía golpeando un relato por salir. 

Porque él sonreía, y mientras tanto a mí la tristeza me corrompía. Porque era incapaz de pronunciarle, y el relato se iba sepultando lentamente, porque así le cuidaba mientras éramos siendo, y seguíamos siendo silencio frágil e impronunciable, y aún así cada vez lo quería más. Porque su ser era templanza, y su seguridad avidez, porque luego de tantas horas componiendo el silencio solo contemplábamos el profundo misterio de la vida misma. Porque la vida era desbordante y de esta manera pesaba, es decir, tenerlo mientras no estaba, porque su coraza  era tan impenetrable que no dejaba siquiera abrir la boca.  Me marché poco menos que corriendo por la calle, porque éramos melancolía, y él sonreía. Porque pensé que si usara un poco de agresividad hubiese querido terminar con mi vida en ese mismo instante, porque no hubieron verbos para nombrar. Porque su fragilidad me volvía incapaz siquiera de levantar la voz, y huí, porque éramos levedad y él sonreía, porque yo sentía que moría sin morir, y por no morir elegí no tenerlo, porque de lejos me corrompía poco menos, y no volví jamás, porque lo ignorábamos todo, y nos sentíamos nada, porque fuimos, y hasta la náusea, pero sólo cuando supimos que por imprudencia y por cobardía, por fragilidad y por amor, nunca llegaríamos a sacarnos el corazón.


- Nos enredamos en nuestra fragilidad, sin habernos dicho adiós nos hubiéramos roto.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Respiro



Y si llegase a pisar ese suelo? De repente todos mis volubles intereses navegaban en esa torrencial, imprudente y perturbadora idea. Me repetía sin querer, pisar su suelo… Nublaba mi mente con esas imagenes. Adentro, me golpeaba silenciosamente ese tan anhelado suelo. Él era una ráfaga de inspiración que duraba muchísimo. Ambos teníamos esa cuota de agresividad que es necesaria para la vida, pero lo cierto es que la ocuparíamos en otras situaciones, nosotros, nos  tratábamos  con toda la suavidad que cabía en este mundo.

La noche había terminado, ahora salía el sol y había que descansar en algún lugar, cuando me lo ofreció ya tenía pensada la respuesta, le dije que sí. Caminamos bajo esa concentración de sabernos con el otro en la distancia, y en ese momento dudé por un instante de la veracidad de la vida. Qué sería lo real en todo esto. Hubo un destello en mi interior, me adormecí. Estaba con el corazón en la plenitud de la espera, al lado del ser que había desviado mi vida de su camino, ahora nos conducíamos hacia su casa, cuidadosamente y en silencio, como aquel que se conduce hacia algo inevitable y soportando toda la pena o la dicha sobre todo su ser. Así marchábamos. Esa mañana mientras caminábamos en silencio, hacia las seis y media mientras el sol nacía, me entregué al total destino de su entera providencia.  No podía sostener por mucho más tiempo nuestro juego, con la misma prudencia, integridad y serenidad suyas, el juego de tocarnos al alma sin decirnos nada, mirarnos sin poder sonreir, besarnos sin consumirnos por completo.  Por cada parcela de mi ser intentaban salir las sensaciones con detalles y nombres que este ser me generaba, y que en algun momento habré entendido que debía esconderlas para siempre.  La entereza y la templanza era su propio juego limpio, yo respiraba eso, él era terreno fértil para la desesperación que me empezaría a brotar en cualquier momento, pero nunca desistimos, la tarea del varón, porque su templanza era aliento. Y yo lo volvía a respirar.

Sin embargo, hubo un momento en paralelo con esta realidad de acontecimientos realmente sensibles, que acompañaron a nuestros movimientos mundanos, mientras nos conducíamos hacia su casa: caminábamos de esa entregada e inevitable forma, él tomó mi mano una vez más, el sol se ponía, la noche desaparecía dándonos la impresión de que nunca fue de noche, sabíamos que nos conducíamos a ese lugar pero en esa hipnosis no llegábamos nunca, su mano se acomodaba de tal manera a la mía, que sentí como si a través de las pasiones y los escalofríos que sentía con solo atravesar su mano, cuántos destellos interiores nos tomarían investigar el misterio de nuestros propios cuerpos, en su totalidad y hasta consumirnos por completo.
Finalmente me hallaba en su hogar, pisaba su suelo, y nos encontrábamos en todos los objetos que le pertenecían y le conformaban, esas significaciones suyas que también yo terminé por amar y su ser convertido en espacios de materia y tiempos, lleno de templanza empezaron a desprenderse sobre nosotros con toda la profundidad que teníamos para dar, nos apretamos al pecho, enterré mi rostro en su hombro, y nos contemplamos por primera vez en aquel juego abierto impostergable, y aunque hubiese querido desesperarme para consumirnos por completo, lo cierto es que nosotros nos tratábamos con toda la suavidad que cabía en este mundo. Y nos repetíamos una y otra vez, como si no lo supieramos. El ser que desvió mi vida de su camino, con toda la suavidad, ahora se eriza y vuelve a respirar.




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