lunes, 23 de junio de 2014

Mármol



Ahi estaba él, pacientemente hermoso, distraídamente hermoso, desconociendo que portaba tal característica. De eso se trataba todo su ser, de la inocencia que portaba su belleza. De la ingenuidad atormentadora que él provocaba. De haber hecho consciente esa característica, ni él ni yo nos hubieramos enamorado.
Nuevamente, en medio de ese juego de verlo expresarse, a mí el infierno me gritaba su concejo: Él era y yo ardía. Cambiamos de imágenes mutuamente, muchas veces, y en ese tiempo, colorido tiempo, también fuimos parte de un arte convocado que nos hundió. Y el infierno en alturas o profundidades seguía gritando su concejo.
Nuestra relación tuvo siempre la premisa de actulizarse. Es decir, nosotros nunca nos tuvimos. Nosotros nos imaginábamos. Y en este imaginarnos diariamente en el recuerdo nos permitíamos actualizarnos por cada vez que circunstancialmente nos veíamos. Yo reconstruía nuestros encuentros por cada vez que nos mirabamos, y eso a veces era suficiente.
Pero después, las noches fugaces con alcohol me esperaron en ese soltero verano tras nuestra separación, y desde luego que fue difícil ordenar a los pensamientos cuando el sistema límbico entra en su salsa, habría sido un logro coordinar, pero él permació siempre bajo ese traje tan pacientemente hermoso que tan bien le quedaba, que en verdad nos fue dificil coordinar.
Y muy pronto eso ya no nos fue suficiente. A mi todo eso me parecía una pena, que él estuviese inundado de quietud, que yo estuviera rodeada de narcóticos para atontar mi pensar. Pero aún más no digo nada, porque por usted...  yo callo mi boca.

Seré breve: Las cataratas de la noche se rompían, la mente brillaba por el infierno consumador que la poseía. Mi ser dependía de la noche, durante el día era sombra. Él y su ingenua forma de ser, me poseían por entero, y yo soñaba con sus párpados amarillos, una vez me miraron y yo me inmuté. Yo soñaba con los labios de mármol que tienen las cosas inertes, sin vida, ajenas a todo ser sobre la tierra. Yo soñaba dentro de aquel infierno de verano caliente con aquel cuerpo de mármol inmutado y tan inerte sobre mí, delante de mí, detrás de mí, el único cuerpo que había logrado conocer en profundidad, y en alturas mientras jugabamos a que éramos de mármol, y que pertenecíamos a vidas inertes fuera de la vida. Yo repasaba las tardes hasta que fueran de noche pensando en el chico de mármol, quieto y distraídamente hermoso, y lo actualizaba, una y otra vez, al recuerdo para que no se empañase por si nos fueramos a ver al día siguiente.
Su piel casi dorada pero pálida en la oscuridad había alumbrado nuestros jovenes cuerpos en penumbras y ahora eso en el recuerdo también se transformó en mármol.






lunes, 2 de diciembre de 2013

Colinas de Eternidad


"Esa experiencia estética... cuando el poeta concibe la obra, y va descubriendo e inventando la obra, aquí las palabras inventar y descubrir son sinónimas, porque desde la doctrina platónica, inventar es recordar, y luego Francis Bacon agregaría que 'ignorar es haber olvidado'. Es decir, que ya todo está hecho, solo tenemos que verlo."



Luego te vi. Y me sonreí por dentro. Luego te creé en mi memoria, para retenerte más que en esas pocas dos horas.
Y te encontré infinito, -aún espero mi infinitud en correspondencia-

Sí, todo preexiste, está escondido, y preexistiéndonos todo el tiempo, nosotros nos enredamos y nos desenredamos.

Pero yo sí te vi. Y me sonreí por dentro. Y te encontré, yo tenía sueño y vos te presentaste en una enorme colina de eternidad. Y luego tuve el placer, "ese placer que tiene el artista de entenderse con su creación". 






- Creación de encanto, soy una endeble mortal frente a tu sombra infinita.


sábado, 23 de noviembre de 2013

Late



Volví a soñarte, siempre bello y tácito por ahí. Por donde sea que mi imaginación te cree, 
por donde supongo que hayas pasado.

Paisaje: Tempestad interior. Frenesí. Nervio, duda y lluvias. Esto me hacia recostar en la nostalgia, la espera y la consumación que yo bien conocía. En las calles hasta la gente parecía más callada e insípida. Algo pasaría, pensaba. De repente lo poco que entendí en esta vida es que hay momentos para tomarse de lo que ya conseguimos y seguir avanzando, en el cruce, contar con lo retorcido de este mundo, aunque no lo entendamos. Yo continuaba avanzando, con la cabeza a gachas, sin mi fruta elegida. Y si aquel ser postergado me encontrase, me hiciera preguntas y me encontrase en ese momento? Oh, yo me animaría por completo! Yo siempre fui una muchacha bien orientada y astuta, ahora me habría transformado en una muchacha que tiene que respirar profundo para calmarse cuando lo imagina, y me había llenado de incógnita. Esa oscuridad suya que iba y volvía con firmeza y se abrazaba a mi vida ahora hacía destino para mí, tener que andar buscando la turbación y el movimiento interior, encontrarlo, y acusarme por no poder poseerlo en plenitud, luego recostarme en el recuerdo y entender que de esta forma el ser, ya inalcanzable, otra vez me enseñaba discretamente cómo tener que encontrarlo mientras no esté, y de esta forma utópica y dolorosa, hacernos eternos y conservarnos en un costado privilegiado del mundo.
El ser postergado se habría reflejado en muchos hombres y detalles de hombres a los que durante una enorme temporada de mi vida había estado buscando. Y me llené de dolor. Cuando llamaba en el recuerdo hasta me hacía caminar más despacio. Durante ese tiempo admití que esa espera, ilusión y dolor, una búsqueda ya inalcanzable, se convirtió en todo un anzuelo para algún romance posterior, no recuerdo en qué momento habré aprendido, de forma correcta e incuestionable, a aceptar estar tan lejos de aquel ser. La vida se había resumido a eso, un momento de gran honestidad sin cuestionamiento posible: yo había llegado tarde. <<I’m late>> me explicaba y me entumecía.

De aquellos muchachos-anzuelo a los que nombré, durante aquella larga temporada de mi vida, muchos se habrían convertido en señuelos posteriores para la búsqueda de las sombras del ser postergado. Se habrían convertido prácticamente en un juego. En ese entonces tenía veintitrés años, una seriedad y belleza admirables para el aspecto aún más jovial, incluso extraño que por entonces, dorados tiempos míos, poseía. Estos lugares atestados de humo, ruidos, y gente que ya estaría embriagada desde largo rato antes, al entrar siempre marchando lentamente al compas del recuerdo de aquella criatura de encanto, con una enorme pena en los ojos, no disimulaba mínima parcela de mi ser. Me llamó uno de estos muchachos-anzuelo y sonreí, luego de momentos aparecí marchando hacia él con el rostro serio y comprometido, tal como marcharía frente a mi ser postergado, fruta postergada, nombre de toda voz imposible. Por dentro no sentía ninguna clase de seriedad, interés o provecho hacia éste señuelo, espejismo, pero parecía ser la última manera probable y eficaz de enaltecer la noche sin pensar tanto en mi querido, y conversamos largo rato. Sus parecidos, la musica y mi encanto interior me resultaban un embotamiento que traía recuerdos, formas y figuras, yo estaba aplastada contra el calor de la noche, aún no amanecía, entre fantasías recordaba la solitaria sensación de abandono, el tintineo de las llaves del paraíso ya cerrado del postergado y brillante ser, partes de su cuerpo, como cuello, camisas y cinto; mi cuerpo dormía con ayuda del alcohol pero mi mente estaba absorta en esos tiempos donde sentíamos que las horas nos parecían un mito. Él callaba en el recuerdo, de a momentos me miraba con melancolía, soledad o pena, y yo sentía ganas de llorar, y no podíamos decirnos nada, qué quedaba por decir? Era la vida misma que se había abierto para nosotros, mostrándonos su visceral realidad, y no nos permitía ni siquiera abrir la boca.

Volví a tomar de mi copa, narcotizándome para enterrar al ser postergado,  “El hilo se corta por el lado más fino”, dijo la pitonisa en mi mente. Y como si no hubiese sido suficiente recomendación, se repitió pero con semblante aún más oscuro: “por el lado más fino, querida”. Sí, así hablaría la pitonisa, imaginé. Ahí me encontraba, aceptando dolorosamente lo tarde que había llegado, el derroche de eternidad que nos había embotado, la hermosura que nos había golpeado, el circulo que nunca había sido tocado y por ello era aún virginal y dionisíaco, todo eso armaban un lío dentro de mi corazón, el viento golpeaba, el ser postergado se alejaba, mi ser se hundía, y yo no era capaz siquiera de llamarle en el recuerdo porque sería incapaz de romper encantador silencio que nos separaba, esta vez para siempre. Mi rostro se había inundado de pena al punto que me resultaba costoso respirar. Este ser no me amaría, menos aún sus sombras y señuelos. Qué quedaba por decir? Devolví por siempre todas mis hojas al infinito del mismo lugar de donde vinieron. Dios o el Diablo están siempre junto a uno dictándole inefables palabras.          





 - Cuánta inocencia, que mucho antes de llegar, ya era tarde.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Repetición



Durante ese tiempo concurría con apuro y puntualidad a todas esas reuniones volcánicas a las que podía asistir. Así que por un lado de mi mente tenía una enorme constipación por el bello ser que nos convocaba a estas reuniones, con sus enormes ojos negros que me hacían inflamarme y me contenía y sonreía, por otro lado de mi mente corrían las sonrisas y las falsas apuestas hacia personas alegres que compartían estas reuniones conmigo, felices y muy ingenuas que iban inocentemente por la vida mostrando que no cargaban con una lealtad y apego tan grande y pesado como el mío, <<mi secreto>>. Acariciando y protegiendo mi felicidad como si fuera un tesoro o talento, al que finalmente acababa correspondiendo con toda la integridad que se debe en este mundo, y salía de estas reuniones volcánicas con la sonrisa pobremente disimulada, el corazón en zozobra, y una sensación ingobernable por no lograr deshacerme de la desesperación que me invadía.

Luego me llené de lealtad y simpatía. Mientras lo miraba expresarse, el infierno gritaba su concejo. Allí, delante de mí, continuaba ingenuamente bello: mi fruta elegida, postre de ordalía, pedazo de infinito, portando la misma inocencia que porta mientras yo escribo estas líneas y él existe ingenuamente en algún rincón del universo.
Esta sensación  de lealtad y simpatía no disminuía a la misma velocidad que los relatos que desplegaba en mi imaginación en mi único entretenimiento mental durante esas reunionesla fruta elegida, los enormes ojos negros, el eterno bello ser, ahora me golpeaban el pecho de una manera rebelde y caprichosa, las voces de ese lugar atestado, lleno e incontrolable ahora me enceguecían, si bien en cada reunión sucedía prácticamente lo mismo en mi interior, -predecible como el cielo cuando se comienza a desprender la tormenta, y yo volvía a someterme a estas fuerzas y secretos y pasiones con apuro y puntualidad, como si quisiera que la vida me endureciera y me consolara sobre las penas de esta manera-, lo cierto es que la reunión que se manifiesta a continuación habría marcado un sueñuelo en el que caeríamos de forma inevitable y reiterativa.
 
Aquel día de primavera del 2013, en medio de esa reunión volcánica, atestada tanto interior como exteriormente, mi bello ser se expresaba y hubo un momento de desconcierto general. Allí, en aquel día de primavera de 2013, como si hubiese intentando ayudar o asistir al problema, casi sin querer incluso ingenuamente, pronuncié las únicas y providenciales palabras hacia mi fruta elegida, postre de ordalía, pedazo de infinito, levanté mi mano derecha, y también ingenuamente, por un extraño instinto pregunté: “podría repetirlo?”



- Si fuese un adiós lo repetiríamos hasta la náusea.

 

sábado, 16 de noviembre de 2013

16 de Noviembre


El 16 noviembre celebrábamos el día de cumpleaños de Gabriel.
Mi pasión, mi eterno vagabundo que luego se reflejó en tantos rostros y sombras, ahora estaba presente y palpitaba, permanecía realmente feliz. Aquella noche en el inolvidable Líbano bebimos de licor de café, hacía tanto calor que bebíamos de él como si bebiéramos de una pócima que nos arrancara no sólo el calor sino también el corazón y la emoción, porque a medida que pasaba la noche se agigantaba la emoción de un presagio dentro de nosotros, la sombra de un desastre que por no considerarnos fatales lo entendimos como un vago y lejano presentimiento. Y al beber de esta pócima nos olvidábamos de nuestros presagios, de nuestros temores, de la gravedad y del tiempo en el Líbano, que esa noche irradiaba gran hermosura.

Júbilo decoró la inocencia. La música aturdió oídos y entrañas. Bailamos como paganos, y entre recuerdos, humos, sonrisas y vida, yo durante ese mismo momento supe que debía escribir una historia sobre nosotros que perdurase el mayor tiempo posible sobre la tierra para mantenernos en un rincón privilegiado del mundo. Contar con los momentos más felices de la propia vida requiere a veces que uno seleccione y considere, de entre un montón de otros momentos, el momento dorado en que nuestra alma se suspendió entre las costas del universo y se plasmó en aliento sublime colmándose en ese instante de mundo, de vida, de muerte, de gracia y plenitud. Y que uno considere el momento más feliz de la vida, también implica que cierto bello recuerdo traiga acompañado cierto dolor, trayendo ciertas ráfagas del mismo júbilo que relata la matriz de la historia, y cuando la melancolía aparece, el corazón de la historia, es decir, su inocencia, cobra vida.

Aquí permanezco a la inocencia de uno de esos días, melancólicos. Aparecen ráfagas de júbilo de la historia matriz: Mi amor, el vagabundo, este 16 de noviembre sigue trayendo su encanto a mi noche, infinita. Sigue bañando de agua mi rostro, y sigue trayendo un mal presagio de algo inevitable y doloroso que sucedió finalmente dentro y fuera de nosotros, y que a pesar de toda la dicha y la felicidad en este mundo, sentimos mostrarse inevitable, la finitud. 
Y ahora, al beber de esta pócima de belleza, de dolor, y de recuerdos, pecamos sobre la inocencia de creer que el dolor es un crimen que se puede olvidar, tales como nuestros presagios, temores, gravedad y  tiempo, sin dejar los rasgos en el rostro que dibujan los sentimientos más profundos con los que tenemos que vivir.
En un día de esos, melancólicos, él continúa circulando por estas historias, porque la sombra del constante y hermoso vagabundo, la fruta que mordí, la grandiosidad que me marea, la inocencia que me inundó de placer, una sensación de amor –ahora mezclada con dolor-  la belleza del vagabundo, que por innombrable y dolorosamente inolvidable me recorre en las venas, ahora dibuja las líneas de mi rostro y me encoge el corazón, cada 16 de noviembre.



 - Eterno vagabundo, escribiste tu nombre en toda la ciudad!


viernes, 15 de noviembre de 2013

Elevación


Cientos de escalofríos me recorren al cuerpo,
Te recuerdo,
Y debo suprimir pasajes de estos versos.
Si te acercas eso me eleva,
Y aquí suprimo más pasajes de estos versos,
Puro júbilo me congela y me vuelve a elevar.
Te recuerdo,
Mientras tu figura inerte, dorada, invicta,
 me hace ser para adentro,
Creando cientos de escalofríos que me recorren al cuerpo.

Mi confesión desde dentro golpea,
Aquí dejo de suprimir estos versos:
Oh, brillante figura que decora mi hoja,
La dorada pierna que camina sobre mis versos,
Criatura de encanto que domina mi letra,
Figura que me baña de escalofríos que ahora me recorren al cuerpo,
Me has echado al abandono en este derroche de plenitud y eternidad,
Y has hecho memoria.
Ser brillante
Así me eleva la dorada envoltura de tu recuerdo en la espera.





jueves, 7 de noviembre de 2013

Despedida

Durante meses y meses caminé por la ciudad teniendo ante mis ojos el espectáculo rememorativo de un ser en sus máximas expresiones que, con algunos mínimos detalles hacia mí, había profundizado mi vida.
Caminaba y a veces pensaba de forma agradecida pertenecer al mismo suelo y fragmento de historia porque de haber sido diferente nos habríamos desencontrado. Con frecuencia se paseaban delante de mis ojos estas apariciones suyas con detalle y con fuerza, y me dejaban la mente en estado de reposo y alrededor de todo el corazón me rodeaba un sentimiento de dicha. Pero la noche del 7 de noviembre fue diferente, nos habíamos encontrado por azar, no dudamos en sonreír por dentro, y en mi interior se balanceaba su encanto memorable que hasta hoy lo recuerdo. El momento fue desproporcionado, profuso, y muy parecido a los sueños, de los que nos despertamos con la sensación de haber perdido algo. Así fue ese 7 de Noviembre. 

La fugacidad y el encanto en un sólo instante, un momento apenas posible de nombrar, el último, que por inevitable se hacía desbordante. Por ser desbordante era bello y eterno. Y mientras nos miramos, como si se descocieran fibras en mi interior, sentí cómo esa sensación nuestra ya no tenía fondo, ya no había qué contuviese tanta emoción. Intenté, como en los sueños, forjar una historia al reconocernos en ese mismo instante, y como en los sueños también fue inútil, nuestras sensaciones ya no tenían fondo donde terminaran, eran disparadas quién sabe cómo y hacia dónde, y el no poder evitarlas o siquiera esconderlas nos hacía inconmensurables. Nos miramos a través de todo lo aprendido y fuimos desbordantes. Así fue ese 7 de Noviembre.  El encanto del encuentro no se consumía con el paso del tiempo, el clima era permanente siempre, habíamos alcanzado a tiempo un estado onírico y poético interior, por nuestro azar, por el encanto, por esa misma fugacidad, el momento donde todo culminaba pasaba delante de nuestros ojos y no había nada que hacernos, él me miró, como despidiéndose y yo nuevamente sentí como si las fibras se empezaran a abrir en mi interior, la gratitud hacia este ser se alzaba sobre mí descosiendo mi intimidad. Me marché con naturalidad y sin resabios por ello porque en todo lugar hubo tanto que ahora era momento de despedirnos, donde fuéramos luego portaríamos un corazón desbordante, acabábamos de aceptar que ya no teníamos fondo donde termináramos, y por ello, ante la sombra de la consumación ya no sentíamos que habíamos perdido algo, sino que habíamos ganado toda la plenitud con sólo mirarnos. Así fue ese 7 de Noviembre.

Luego me despedí por dentro, con toda la formalidad que cabía en este mundo, de este ser brillante que había dado gran profundidad a mi vida, estando segura que de alguna forma se extenderían esos encuentros nuestros, desde algún costado real, o en algunos de esos momentos que se parecen tanto a los sueños, o gracias a esos grados tan elevados de fantasía, que hacen reconstruir anatomías tan perfectas e invocar esencias tan profundas. Me marché a andar al descanso, y él también, porque desde aquel momento en que conocimos la plenitud podríamos evocarnos en cualquier momento de  la forma en que éramos porque ahora habíamos entendido lo que era la vida, y condenamos a la fugacidad de esta manera: recordándonos.


- Mi fiel memoria te guarda. 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Visita

Sonrío,
con tu presencia,
que indómita y lejana,
a través de estos versos
va y viene.

Sonrío,
porque todo brilla
así el recuerdo,
el tiempo, tu voz,
mi sangre, la noche,
tu figura, la marca,
el verso, la vida.
sonrío,
Porque así es cuando visitas.




miércoles, 23 de octubre de 2013

Respiro



Y si llegase a pisar ese suelo? De repente todos mis volubles intereses navegaban en esa torrencial, imprudente y perturbadora idea. Me repetía sin querer, pisar su suelo… Nublaba mi mente con esas imagenes. Adentro, me golpeaba silenciosamente ese tan anhelado suelo. Él era una ráfaga de inspiración que duraba muchísimo. Ambos teníamos esa cuota de agresividad que es necesaria para la vida, pero lo cierto es que la ocuparíamos en otras situaciones, nosotros, nos  tratábamos  con toda la suavidad que cabía en este mundo.

La noche había terminado, ahora salía el sol y había que descansar en algún lugar, cuando me lo ofreció ya tenía pensada la respuesta, le dije que sí. Caminamos bajo esa concentración de sabernos con el otro en la distancia, y en ese momento dudé por un instante de la veracidad de la vida. Qué sería lo real en todo esto. Hubo un destello en mi interior, me adormecí. Estaba con el corazón en la plenitud de la espera, al lado del ser que había desviado mi vida de su camino, ahora nos conducíamos hacia su casa, cuidadosamente y en silencio, como aquel que se conduce hacia algo inevitable y soportando toda la pena o la dicha sobre todo su ser. Así marchábamos. Esa mañana mientras caminábamos en silencio, hacia las seis y media mientras el sol nacía, me entregué al total destino de su entera providencia.  No podía sostener por mucho más tiempo nuestro juego, con la misma prudencia, integridad y serenidad suyas, el juego de tocarnos al alma sin decirnos nada, mirarnos sin poder sonreir, besarnos sin consumirnos por completo.  Por cada parcela de mi ser intentaban salir las sensaciones con detalles y nombres que este ser me generaba, y que en algun momento habré entendido que debía esconderlas para siempre.  La entereza y la templanza era su propio juego limpio, yo respiraba eso, él era terreno fértil para la desesperación que me empezaría a brotar en cualquier momento, pero nunca desistimos, la tarea del varón, porque su templanza era aliento. Y yo lo volvía a respirar.

Sin embargo, hubo un momento en paralelo con esta realidad de acontecimientos realmente sensibles, que acompañaron a nuestros movimientos mundanos, mientras nos conducíamos hacia su casa: caminábamos de esa entregada e inevitable forma, él tomó mi mano una vez más, el sol se ponía, la noche desaparecía dándonos la impresión de que nunca fue de noche, sabíamos que nos conducíamos a ese lugar pero en esa hipnosis no llegábamos nunca, su mano se acomodaba de tal manera a la mía, que sentí como si a través de las pasiones y los escalofríos que sentía con solo atravesar su mano, cuántos destellos interiores nos tomarían investigar el misterio de nuestros propios cuerpos, en su totalidad y hasta consumirnos por completo.
Finalmente me hallaba en su hogar, pisaba su suelo, y nos encontrábamos en todos los objetos que le pertenecían y le conformaban, esas significaciones suyas que también yo terminé por amar y su ser convertido en espacios de materia y tiempos, lleno de templanza empezaron a desprenderse sobre nosotros con toda la profundidad que teníamos para dar, nos apretamos al pecho, enterré mi rostro en su hombro, y nos contemplamos por primera vez en aquel juego abierto impostergable, y aunque hubiese querido desesperarme para consumirnos por completo, lo cierto es que nosotros nos tratábamos con toda la suavidad que cabía en este mundo. Y nos repetíamos una y otra vez, como si no lo supieramos. El ser que desvió mi vida de su camino, con toda la suavidad, ahora se eriza y vuelve a respirar.




-  Repetirte.

martes, 15 de octubre de 2013

Exilio

Como aquél que quiere y no puede regresar al hogar, comencé a experimentar una sensación de desconcierto y lejanía que iba y  volvía con fueza e insistencia. Estaba atrapada? En el aire se respiraba la sensación de vacío del cual ya no se podía huir ni evadir, mi espacio se convertía en territorio ajeno para mi, por dicha lejanía ahora yo misma no me pertenecía, mi propio territorio, mis pertenencias, nuestro mundo, aquel hogar, y todo lo que cabía dentro, de pronto podían ser invadidos por alguien que quisiera habitar en él, alguien que estuviese más cerca que yo. Y yo probablemente no podría hacer nada al respecto.... Estaba atrapada? 

Sí, estaba atrapada en ese extraño lado de mi vida, extrañando mi ahora expatriada cotidianeidad, y sus comodidades, refugios y nombres, la soledad se amoldaba a una sombra con el nombre de mi querido, que se paseaba veloz y desprevenidamente por mi mente, ahora una sensación de destierro empezaba a abrazarse a mi vida, y yo que no lo podía poseer tampoco podía hacer nada al respecto,  tal como cuando aparece la sed y el agua está lejos, así me encontraba inmersa en la incapacidad de acercarme a mis pertenencias, evoqué nuestro hogar y la calidez y familiaridad de los objetos y nombres que habitaban en ellos; y por recordar la cómoda sensación de cotidianeidad de tumbarnos en ella y vivirla, extrañé aún más, mucho más nuestro hogar, con sus detalles y significaciones, a nuestras paredes, a la sensación de unión hacia el mundo dentro de ese lugar; ese hogar y el nombre de mi querido se adherían cada vez más unos con otros, y cada vez que pensaba en todo esto mi alma respiraba. De pronto pensé que por esta cualidad aquel hogar, y todo lo que cabía dentro, seguirá siendo el mismo, porque dentro de la memoria del recuerdo el hogar permanece intacto, trae la emoción, nos alimenta cuando la realidad es incapaz, tal como el organismo que por supervivencia nos provisiona de garantías inesperadas. Imaginé  aquella parte de mí que había quedado en mi hogar. Sí, había un ser que había permanecido en mi propio hogar, aunque en el recuerdo, aún permanecía posado encima de nuestros propios, frágiles y hermosos objetos, y eso me serenaba. Fragmento de mi cuando me siente exiliado vive allí, una vez había mirado los rincones, la distancia de una ventana a la otra, había pronunciado tantas veces el nombre de mi querido en mi mente, la sencillez de las cosas sueltas y desarregladas, y el desorden como huella de los movimientos de uno, los miré muy fijamente, me absorté en ellos para que luego, al recordarlo tan lúcidamente, pudiese andar por allí en cualquier momento. 

Las distancias a través del recuerdo se reducían enormemente, ya no me sentía atrapada sino que ahora me alimentaba del recuerdo. Porque había un suelo que sabía que nunca podría pisar, antagónicamente traía una gran ansiedad, ilusión y regocijo, el ser inalcanzable disparaba sus sombras sobre mí, traía movimiento y emoción, ahora me veía envuelta en la sensualidad de lo oscuro, me había inundado del deseo de tener, deseo que traía la hermosa presencia que no puedo poseer.  Esa sombra suya que iba y volvía ahora encarnaba un perfecto papel que se hacía providencia para mí, tener que andar buscando emoción, encontrar y exiliarse a uno mismo por no poder poseer, luego recostarse en el recuerdo que abriga la ausencia. Luego permitir a sus sombras poseer mi mente en raptos de momento inesperados. Luego entender que de esta forma el ser inalcanzable me enseñaba discretamente cómo tener que encontrarlo mientras no esté, y así hacernos eternos. Y luego la asombrosa gratitud hacia él que hacia ensanchar mi pecho, y luego admitir que esa espera, ilusión y dolor, se convierten en todo un señuelo para algún romance ulterior porque probablemente haya aprendido y resignado el estar lejos de mi querido, y lo habría aceptado tan paciente y gentilmente, que la proxima vez que amaría, lo que amaría sería verte de lejos sin poder tocarte, esperando que me busques sin que puedas encontrarme, esto es el mismísimo exilio, un ser desesperado buscando esconderse para aumentar la distancia, la espera y la ilusión de querer pisar un suelo que nunca tendrá. Y hacerlo eterno.



- Por ultima vez tu sombra apareció por mi mente y te dije, cómo podes ser tanto?